jueves, 24 de febrero de 2011

niño que juega con muñecas

El niño del primero es un niño serio, somnoliento, tiene la cara estrecha y gris, con la boca fina y la nariz demasiado grande. El niño del primero es un niño que no tiene amigos, se entretiene solo, va y viene por el cuarto con una sombra en los ojos. El niño del primero no quiere jugar con la pelota roja y verde, ni con el camión amarillo con ruedas azules, ni mucho menos con el mecano de piezas azules y rojas. El niño del primero juega con muñecas, y juega con lápices de colores; el amarillo, el verde y el que tiene una punta azul y la otra roja.
            El niño coloca las muñecas, como si fuesen los espectadores de un teatrito; delante las dos pequeñitas iguales con el pelo rojo y la del vestidito de colores chillones, detrás la negrita del vestido verde, la rubia despeinada a la que le falta un zapato y la del vestido roto que enseña las braguitas azules. El niño del primero sienta a su lado la muñeca grandota de ojillos de porcelana como aceitunas y mejillas blancas con un toque sonrosado en los mofletes. El niño emborrona papelitos con los lápices de colores, los enseña a sus espectadoras y los coloca delante de la muñeca grandota. Espera mirando ansiosamente a los ojillos de porcelana como aceitunas. El niño del primero asiente en silencio, hay algo turbio en la palidez de su pequeño rostro, coge la muñeca del vestidito de colores chillones y con sus deditos sucios arranca con parsimonia brazos, piernas y cabeza. El niño del primero tiene un baulito lleno de brazos, piernas, cabezas y troncos de muñecas.
            La niña del tercero baja a jugar al cuarto del niño. Tiene tersas mejillas blancas, mofletes sonrosados y ojitos como aceitunas. Es una criatura tranquila. La niña dibuja preciosos paisajes extraterrestres de cielos rojos, soles verdes y montañas azules y moradas.
            El niño del primero pintarrajea sus papelitos y mira con envidia los dibujos de la niña.
- Muy bonitos, pero tú no tienes colita,  dice el niño.
- Pues a ver si puedes hacer estos dibujos con tu colita, replica la niña.
            El niño llora con un llanto hueco y doloroso, como el de un deseo hecho jirones, y  destroza con rabia la muñeca grandota de ojillos de porcelana como aceitunas, mejillas blancas y mofletes sonrosados.

viernes, 18 de febrero de 2011

El olmo



Me gusta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”. ¿Cuántos años lleva aquí? Quién sabe, doscientos, trescientos  años… Toda mi vida he admirando su magnífico tronco, sus ramas recias, la fuerza que emana de su presencia. Aunque desde que tuvo esa enfermedad de los olmos, ¿cómo se llama?, ¿grafiosis?, -sí, creo que se llama así- ya no es el mismo. Ha perdido las hojas y está como yo calvo y anciano, pero aun conserva  su tronco imponente y en primavera todavía se permite el lujo de echar unos cuantos brotes.  Son solo un pequeño fogonazo de luz, que colorean de motas verdes la corteza polvorienta del árbol. Más de uno en el pueblo le dio por muerto hace unos años.

Se le cayeron todas la hojas y pasó por él un año entero sin un solo brote, y claro, algunos listillos del ayuntamiento quisieron hacerlo astillas, pero los más viejos nos opusimos, faltaría más, ¡si este árbol ha estado aquí siempre! ¿Qué sabrán esos politiquillos? Menos mal que conseguimos frenar aquello y lo respetaron. Hace un par de años volvió a tener hojas, ha revivido el pobre y ahí está, en el  mejor sitio del nuevo parque.

Hay que reconocer que en esto sí que han acertado los del ayuntamiento. El parque nuevo le ha dado vida al pueblo. Lo que son las cosas, la antigua era de los “Tomasines” convertida en parque municipal, con su fuente, su buen estanque, ¡y lo que refresca en verano, el jodío estanque!, pero lo mejor son estos bancos tan cómodos para descansar.
Está un poco retirado del centro del pueblo, pero el paseo es agradable. Sobre todo ahora en primavera. Da gusto llegarse hasta aquí y sentarse un ratito bajo el olmo,  ya lo dice don Francisco el médico, “no hay nada como un buen paseo para controlar la tensión”. Y le hago caso, faltaría más, no se llega los 89 años sentado en un sillón, no señor.

Con lo que me gusta a mí venir cada día hasta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”, me da fuerzas. Respirar su aliento me alarga la vida. 

Hay, los “Tomasines”, los “Tomasines”,…no queda ni uno. Tomás, el padre, y los tres hijos, todos muertos…, je, je…y bien enterrados. Lo que es la vida. Ellos tan fuertes, tan leídos, tan bien alimentados…mira que tenían buenas tierras los “Tomasines”…pero se equivocaron. Y anda que no le advertimos veces al viejo Tomás, “por ahí no, Tomás”, “con esos no, Tomás”, ¡Qué pesado se puso Tomás con presentarse a alcalde por los republicanos! ¡Y encima salió! ¿Y cuando se le ocurrió traer un maestro de la capital para la escuela? ¡Pero si aquí siempre dio clase el cura! ¿Y la que lió con los contratos de los jornaleros?... No eran tiempos para eso, Tomás…
Así acabó, enterrado ahí, debajo del olmo. Él y sus hijos, no dejamos vivo ni al pequeño, no fuera a ser que con el tiempo…El tiempo…, el tiempo…¿Cuánto tiempo ha pasado ya?...¿setenta años? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! Y los que les quedan, esos no salen de debajo del olmo, como me llamo Anselmo.

Carmen Barrios

viernes, 11 de febrero de 2011

LA MUDANZA

Antes de salir, Marga se detiene en la entrada con su maleta, abre la puerta de madera vieja, pintada de verde y se gira para mirar por última vez la casa. Hay mucha más luz ahora que el suelo está desnudo y las paredes vacías. Al sacar las llaves del bolso escucha de nuevo el eco que la recibió en este piso la primera vez que entró. Cierra la puerta tras de sí y queda en penumbra, respira hondo y se dirige hacia el fondo del corredor. Camina inclinada por el peso de la maleta, sólo se oye el repiqueteo que arrancan sus tacones de la tarima hasta llegar a la escalera. Se dispone a bajar, con la maleta tirando de ella hacia abajo y apoya con cuidado en el primer peldaño su pie derecho, una brillante bota de cuero negro, puntera afilada y tacón de aguja, que ladea para no tropezar. Ahora avanza su pie izquierdo, y allí ve un zapatito blanco plano, con calcetines blancos calados, sobre el césped del jardín de tía Aurora, persiguiendo su pelota rosa de Tarta de Fresa. Mamá hablaba seria con la tía. Papá no había podido ir porque tenía que trabajar mucho.

Después apoya en el siguiente peldaño su pie derecho, enfundado en una bota Kickers de color rojo pálido, medias azules, pisando el cemento gris del patio del colegio, esperando a su madre, que tenía una herida en el labio - dijo que se lo mordió comiendo-. Su padre estaba otra vez de viaje esa semana. Mejor que no estuviera.

Baja un escalón más, pisando fuertemente con sus zapatillas negras, en el callejón de atrás del bar, viendo el reflejo azul de la luz de la farola en el charco, bajo sus pies, mientras se apoyaba en la pared de ladrillo para vomitar. Menos mal que su madre no se enteraba de nada. Su viejo hacía un año que desapareció. Que le den por saco.

Marga está a punto de perder el equilibrio por el peso de la maleta, pero se agarra como puede al pasamanos de madera y baja el último peldaño, aterriza en el portal con sus zapatos rojos de tacón avanzando por aquella acera, piernas desnudas y minifalda imposible, donde se clavaban los ojos del próximo cliente. Los cincuentones pagaban bien y se iban rápido. Hubiera tenido gracia que un día apareciera su padre.

Marga avanza ahora por el portal, con sus dos botas de cuero negro, puntera afilada y tacón de aguja, y se detiene ante la puerta de la calle, una pesada puerta de barrotes de metal negro. Marga tiene que utilizar todo su peso para tirar de ella, pero por fin sale a la calle, apoya la espalda en la pared y mira a ambos lados, pensando. Toma aire por fin, siente algo parecido al alivio y emprende su camino calle arriba, remachando con sus tacones cada paso, dejando atrás aquel portal. Y la maleta.

Alejandro Moreno

jueves, 10 de febrero de 2011

Caminar

        En algún momento todos nos pusimos a caminar. No fue un acto demasiado consciente, simplemente alguien dijo “por ahí”, y todos le seguimos. Hubo algunas voces discordantes, que preguntaban hacia dónde íbamos, que por qué caminábamos, pero nadie las escuchó y al final callaron.
        Al principio era bastante llevadero. Los niños podían caminar sin cansarse, aunque a veces había que cogerles en brazos. Pero no eran una carga pesada y todavía podíamos disfrutar del paisaje que nos rodeaba. Pasaban los días y de vez en cuando parábamos para descansar, beber agua de algún arroyo o admirar una vista particularmente bonita. Luego, sin demasiada demora, retomábamos el camino. A veces cantábamos y pensábamos que eso era la felicidad.
        Sin embargo, pronto se hicieron dos grupos: los que caminaban sin levantar la vista de sus pies, preocupados siempre por no desfallecer, por ir cada vez más rápido; y los que no teníamos prisa y preferíamos disfrutar del camino. Los primeros tomaron el control. Exigieron que aumentáramos el ritmo. Suprimieron los descansos. Hubo voces que se alzaron en protesta pero en poco tiempo algunos de los que habían protestado desaparecieron y con eso fue suficiente. Hubo un intento de explicación. Más rápido, más rápido y todo irá mejor, decían. Es por nuestro bien, decían. Pero la mayoría estábamos demasiado cansados para escucharles y pronto sólo quedó el ruido de nuestros pasos.
        Entonces algunos empezaron a quedarse atrás.
        Primero los ancianos. Los dejábamos donde caían. Nadie miraba atrás.
        Después los enfermos, flacos y pálidos, que nos miraban con alivio mientras nos alejábamos.
        Luego los niños. No lloraban. Se quedaban sentados sobre el polvo con sus grandes ojos muy abiertos. Nosotros nos alejábamos envueltos por un gemido sordo que en seguida quedaba ahogado por nuestros pasos: eran las madres, que lloraban.
        Un día, con el sol muy alto en el cielo, una de ellas avanzó unos pasos por delante del grupo y gritó el nombre de uno de los niños con dolor. Luego, se desgarró la garganta con una piedra. La sangre manchó el vestido. La mujer se desplomó.
        Nos miramos unos a otros sobresaltados. No era por la muerte de la mujer, ni por la sangre que se extendía por el polvo. Un murmullo llenó el repentino silencio: ya no caminábamos. 
        
Por Javier Yohn Planells

jueves, 3 de febrero de 2011

Sacrificios a los dioses invisibles

Cuando se despertó eran ya las 7:30 pasadas. Había conseguido regatearle unos minutos al despertador y ahora tendría que darse prisa en prepararse del todo. No había ningún minuto que perder. Abrió su armario y escogió una camisa azul pálido de su amplia colección de ropa.

Mientras delante del espejo se abrochaba los últimos botones de la camisa , recordó que ayer había olvidado unos papeles encima de la mesa en la oficina. Eran unos informes de contabilidad bastante importantes. Terminó de abrocharse el zapato izquierdo. Aunque algunas veces se había quedado un tiempo extra con tal de terminar lo que tenía entre manos. Cuando las cosas están complicadas , es mejor no arriesgar nada.

En la cocina se encontró con Sandra que le saludo con un fugaz beso, y comentó:

-¡ Menudas ojeras tienes, cariño! No has pegado ojo en toda la noche , otra vez. Quizás deberíamos ver a un especialista. Debe ser el estrés.

-No , estoy bien. Todo va bien, sólo fue una de esas noches que no encuentras una buena postura para dormir.- Para desviar la conversación agregó.- Por cierto, esta tarde traerán las dos estanterías, ¿Estarás por aquí?

-Sí, hoy salgo después de comer. ¿No debieras estar tu también, sueles librar los viernes por la tarde?

-Este no, estamos muy liados.

Cuando él recogía su cartera de cuero, Sandra encendía el televisor y aparecían unos tertulianos hablando de no se que. Era tarde. "Nos vemos en la cena". Mientras cerraba la puerta no pudo evitar pensar en la nueva televisión que tendría esa misma tarde de casi cuarenta pulgadas. Se sorprendió a sí mismo sonriendo de placer. También planeaba un viaje con Sandra a algún lugar exótico, como por ejemplo podía ser la Rivera Maya. Con un buen hotel con piscina y excursiones guiadas a los templos perdidos de civilizaciones remotas.

Le gustaba la sonoridad de ambos adjetivos lo importantes y solemnes que sonaban . Todas una reliquias para inmortalizar con su nueva cámara. Llevaba un par de años sucrito a una revista de historia y siempre le habían llamado la atención esos pueblos que vivían en la cima de montañas perdidas y que sabían leer a la perfección el mapa celeste. También tenían un deporte que estaba entre el fútbol y el hockey sobre hierba, aunque en el los golpes a los jugadores estaban permitidos.

Bajó del autobús y caminaba con paso ligero cerca de un pequeño quiosco de barrio. Decidió atajar por un parque que no le gustaba nada, solía estar muy sucio y lo frecuentaba gente rara. Llevaba puesta la radio en los auriculares. Cada mañana repetía siempre el mismo acto, escuchaba una cadena de radio de noticias económicas. Veía que tal iban sus acciones en bolsa, la situación del Mercado, el IBEX 25. Todo lo imprescindible para estar informado. En el suelo había toda cantidad de desperdicios: latas , papeles botellas rotas y hasta algún condón usado.

Escucho a su izquierda un hombre de aspecto desaliñado, barba sucia y larga que le pedía algo de dinero. Ni se inmutó siguió su camino escuchando el tintinear metálico de las monedas chocando en al lata que agitaba el hombre. No entendía como podía haber gente que pidiese algo sin dar nada a cambio. Le amargaban el día que le sucediesen cosas así.

Escuchaba las previsiones del próximo semestre para la inversión, iban a ser buenas. Se recuperaba la confianza. Esa era la clave. Confianza.

Ya veía al fondo de la calle, en el número 43, las amplias cristaleras del edificio de oficinas donde trabajaba.

Escuchaba a su alrededor el rumor constante de los teclados pulsados por sus compañeros, mientras mantenía la vista fija en su pantalla. Y removía con una cucharilla de plástico su café de máquina, distraídamente. A sus espaldas oía a unos compañeros comentar durante su descanso los planes que tendrían para el fin de semana.

Cristina, una compañera de unos veinti muchos, pelo rubio recogido en coleta y buen culo se acerco a el. Siempre le había parecido mona, y si alguna vez tuviese un desliz en su matrimonio por una aventura laboral, tendría claro que sería ella. Después de un afectuoso saludo, o eso le parecía siempre a el , comentó: " El señor Peréz quiere verte. Ya sabes lo que es habitual, la evaluación que suele hacer todos los meses."

Abrió la puerta y se encontró con el señor Pérez cogiendo un montón de papeles de uno de los archivadores del estante. Se giró para verle, mientras se colocaba con una mano la montura de las gafas y me invitaba a tomar asiento. Tuvieron una pequeña charla en la cuál le preguntaba por su nuevo piso en el centro y por Sandra, que fue a la cena de empresa en las Navidades pasadas.

Después decidió decirle para lo que realmente le había llamado. "Las cosas últimamente no están nada bien, la fortuna no me sonríe." Advirtió que sonaba raro la palabra fortuna en alguien que tenía tanta fama de ser metódico, trabajador y que siempre le había gustado el mito del hombre que se hace a sí mismo.

"He tenido una reunión con la Junta Directiva y hemos acordado una difícil solución. Como comprenderás, señor Rodríguez." Se hizo un breve silencio mientras le miraba fijamente, como tratando de encontrar las palabras oportunas. Hemos tenido que abrocharnos el cinturón cuando los beneficios ya no dan para el sueldo de mis empleados. Para ello hemos reducido y fusionado varios departamentos, entre ellos el tuyo, el de Contabilidad. Vamos a pedir la baja a nuestros empleados."

Esto sentaba como un jarro de agua fría. Previendo lo que vendría a continuación acertó a decir:" Señor Peréz, ya llevo casi 8 años en la empresa, cuento con una buena experiencia de su lado y un buen curriculum. No es tan fácil encontrar gente con mis cualidades."

"Tranquilo, señor Rodríguez, no es nada personal. Por supuesto que lo ha hecho muy bien y le recomendaré a otras empresas. Optará a mejores puestos, no hay ningún drama en su renuncia."

Se vio tentado a pedir disculpas, por sí había hecho algo mal que sentían haberse dejado un par de días esos informes. Consiguió vencer el impulso y confiar en esas últimas palabras.

Estuvo un par de horas delante de ordenador, incapaz ya de concentrarse porque no se sentía ya en un lugar donde había pasado los últimos ocho años. Recogió su maleta, una vez cumplió su turno y volvió a casa.

Se dejó caer en el sofá, agotado, no era capaz de mover ningún músculo. Como si hubiese participado en una carrera sin fin, de la que no había vencedores, sino vencidos que eran incapaces de seguir un ritmo desenfrenado. Sandra le acercó algo de cenar en una bandeja. No habían medicado casi ni una palabra y el se había excusado de que había tenido que hacer horas extra en la oficina, como le había tocado hacer últimamente. No tenía el valor para decir nada. Esperaría , seguro que esto tenía que solucionarse. Sandra comento que ya habían traído el televisor que tanto quería , enorme que ocupaba toda la encimera del salón. Lo tenían en frente, ya lo había visto. Ya no le parecían tan maravillosas sus 40 pulgadas. El no iba a entenderle.

"Te espero en la cama leyendo un poco. No tardes". Se despidió Sandra con un abrazo que antes siempre le había reconfortado. Encendió el televisor y ponían una película antigua sobre la conquista del Nuevo Mundo. Aparecían ante él imágenes de selvas frondosas y oscuras, y de indígenas que asaltaban con cerbatanas a los confiados exploradores. "Tendré que posponer ese viaje a la Riviera Maya", se lamentaba.

Su mente se iba otro sitio, exhausto como estaba, mientras daba cabezadas.

Mercado, Bolsa, FMI, Flexibilidad, IBEX 35. Palabras que siempre le habían sonado tan familiares ahora le sonaban lejanas, como una especie de eco.

Se despertó empapado en sudor, resoplando asustado. Debía ser muy tarde ya, se había quedado dormido en el sofá. Miró por toda la habitación para asegurarse que seguía en su propia casa y no estaba miles de kilómetros al sur. Recordaba a la perfección el sueño tan vívido que había tenido.

Veía una amplia escalinata de piedra que ascendía hasta las alturas, la coronaba una mesa rectangular dorada con marcas incompresibles grabadas. A su alrededor la oscuridad engullía a una multitud exaltada que portaba antorchas. Sonaban tambores y gritos roncos , guturales. En lo alto había un hombre con una capa de color carmín y que sostenían una inmensa daga curva en su brazo, un penacho de plumas coronaba su cabeza. Pinturas negras recorrían su cuerpo y le conferían el aspecto de alguna bestia salvaje.

Sobre la mesa amordazado, había un hombre desnudo. Temblaba ante este macabro espectáculo, indefenso. La multitud danzaba a su alrededor con un ritmo frenético.

Los tambores callaron en el momento del clímax y hundió aquel siniestro sacerdote su daga sobre el pecho del hombre desnudo. Repetidas veces, atravesado certeramente en el corazón. Borbotones de sangre se deslizaban por los escalones formando un pequeño riachuelo.

La multitud ahora totalmente quieta miraba el cielo sin luna, con expectación creciente. Confiaban en que este sacrificio satisficiera a los dioses. Que les demostrasen el respeto y el temor que les inspiraban esas fuerzas invisibles y poderosas que les observaban desde las alturas. Vio con horror que el rostro del hombre desnudo era el suyo propio.

Han pasado ya un par de meses desde que dejos su trabajo y aun continua esperando a que le llamen desde donde el señor Pérez le recomendó. Le dijo que todo iría bien, que aceptase la renuncia, que tenía un mundo de posibilidades ante él. La única que encuentra es la de ir deambulando todas las mañanas hasta bien entrado el mediodía por las cafeterías del barrio. Lee varios periódicos al día, busca en la sección de empleos y continua esperando. De vez en cuando da paseos por el parque, eso le despeja. También aparentando, pues para Sandra él continúa en la oficina. No quiere que se angustie por algo que tendrá solución. Esta pensando en devolver el televisor de casi 40 pulgadas, eso le dará un poco más de tiempo.

Por Álvaro Bravo